Ultimas Noticias

La ceguera voluntaria del antiperonismo

 


#OPINIÓN

De la deserción ciudadana a la desresponsabilización histórica

El apoyo electoral sistemático de amplios sectores de la sociedad, incluidos el radicalismo, a través de sus militantes y dirigentes tradicionales, así como sectores profesionales y de la burguesía media, a proyectos de corte neoliberal, conservador o de extrema derecha no responde a un diagnóstico reflexivo de la realidad, sino a un sesgo identitario estructurado sobre el antiperonismo.

Por: Lic. en Comunicación Social y Periodismo Adrián Pérez 

Cuando estas experiencias económicas colapsan de manera inevitable, dichos votantes apelan al repliegue individualista, a la desconexión política y a la fijación en lo superfluo, con el fin de eludir el costo moral de las consecuencias sociales generadas por su propia decisión electoral.

El refugio en lo banal y la “política como molestia”

Ante el deterioro socioeconómico, la caída del consumo y el empobrecimiento generalizado provocados por recetas de mercado extremo, el electorado antiperonista suele recurrir a una retórica de apatía. La discusión sobre el rumbo de la Patria pasa entonces a considerarse una “molestia” o una pérdida de tiempo. Este comportamiento actúa como un escudo psicológico: centrar la atención en cuestiones triviales de la vida cotidiana evita enfrentar las drásticas consecuencias materiales derivadas de haber votado en función de un encono cultural.

Sectores profesionales y del ámbito educativo, que históricamente se beneficiaron del Estado social y de la universidad pública, justifican estos giros bajo consignas abstractas como “mérito” o “cambio institucional”. Sin embargo, cuando la desregulación económica estrangula a la industria, a la ciencia y a los servicios públicos, prefieren señalar la agitación política antes que admitir la viabilidad del modelo que legitimaron en las urnas.

La metamorfosis de las siglas: un peregrinaje sin principios

La identidad de este grupo social ha demostrado una notable plasticidad partidaria a lo largo del tiempo. Las banderas históricas de la Unión Cívica Radical han sido cedidas pragmáticamente a distintas fórmulas electorales con un único denominador común: bloquear al movimiento nacional y popular, representado en este país por su máximo exponente, el peronismo.

El hilo conductor del antiperonismo se observa desde la Unión Democrática en 1946 hasta la experiencia de la Alianza en 1999, la conformación de Cambiemos en 2015 y la posterior convergencia con sectores de La Libertad Avanza o de frentes provinciales de diversa índole. Las siglas cambian, pero la matriz ideológica y socioeconómica se repite.

El costo de ese “capricho” es conocido: en cada uno de estos experimentos se impusieron, y se continúan imponiendo, agendas de endeudamiento externo, desmantelamiento del aparato productivo, entrega de recursos naturales y privatización de servicios esenciales.

El ciclo histórico de la reparación popular

La contradicción del modelo argentino radica en que los mismos sectores que acusan al peronismo de “populista” terminan recurriendo a él implícitamente cuando las recetas de ajuste precipitan el colapso. Fue y es el movimiento nacional el que históricamente debe encauzar la paz social, recomponer la soberanía fiscal, pagar las deudas astronómicas heredadas y garantizar el funcionamiento operativo de la Argentina real.

La historia argentina del último siglo demuestra una constante: los gobiernos apoyados por las minorías concentradas y la clase media antiperonista generaron crisis profundas de gobernabilidad y desatención social, las cuales debieron ser subsanadas posteriormente por el peronismo.

1946

Juan Domingo Perón, a lo largo de sus tres mandatos, debió articular un modelo de justicia social y soberanía económica frente al atraso de una Argentina agroexportadora que mantenía en el desamparo a la mayoría trabajadora.

2003

Tras el colapso social e institucional de la Alianza en 2001, los gobiernos de Néstor Kirchner y, posteriormente, de Cristina Fernández de Kirchner desendeudaron al país frente al FMI, estatizaron empresas estratégicas como YPF y las AFJP, y recuperaron el tejido industrial destruido por décadas de desregulación.

2007-2015

Con Cristina Fernández de Kirchner se profundizaron las bases de la soberanía nacional y la redistribución del ingreso frente al asedio del poder financiero global y de los grupos concentrados locales. Durante sus dos mandatos se llevaron a cabo hitos estratégicos de recuperación estatal:

Soberanía previsional y energética: la estatización de las AFJP garantizó una jubilación digna para millones de argentinos, y la recuperación del control sobre YPF permitió retomar el rumbo del autoabastecimiento energético.

Ampliación de derechos e inclusión: la creación de la Asignación Universal por Hijo (AUH), el programa Conectar Igualdad y la repatriación, junto con la inversión inédita en científicos e investigadores a través del CONICET, fortalecieron la educación pública y la soberanía tecnológica.

Desendeudamiento estructural: se redujo la deuda en moneda extranjera a niveles mínimos históricos en relación con el PBI, blindando al país frente al chantaje de la banca internacional.

El retorno del endeudamiento

Pese a este escenario de solidez económica y derechos consolidados, las alianzas antiperonistas volvieron a hipotecar al país en 2015 mediante un endeudamiento salvaje y la desregulación de capitales, delegando una vez más en el movimiento popular la tarea de administrar la escasez y ordenar la paz social.

En resumen, el peronismo ha funcionado históricamente como la fuerza de contención y reconstrucción nacional que restituye la soberanía económica y la dignidad de los trabajadores tras las catástrofes del libre mercado.

Es momento de interpelar a los electores de la tradición radical y a los sectores afines para que asuman la responsabilidad política que les corresponde: votar movidos por el odio al peronismo no es gratuito; sus consecuencias las termina pagando la inmensa mayoría del pueblo argentino.