Ultimas Noticias

"El poder de decir NO"

Liliana Dorrego

Comunicadora Social – Analista Política

La repetición constante de una idea termina otorgándole naturalidad y, hasta cierto punto, aceptación. Aunque no todos estén de acuerdo, aquello que se repite una y otra vez comienza a instalarse en la cabeza de la sociedad como una posibilidad cierta.

Por eso es vital explicar con qué coincidimos y con qué no. Es tan importante el sí como el no. Y, en determinadas circunstancias, el no puede ser la palabra más poderosa de todas, porque establece límites, señala por dónde no estamos dispuestos a avanzar y deja en claro qué cosas no forman parte del propósito que adoptamos como guía de nuestra vida.

Deambular sin enfoque, esperando que la suerte u otros factores externos nos marquen el camino, es elegir la brújula equivocada. No tiene sentido caminar hacia ningún lado si vamos improvisando el destino.

En política ocurre lo mismo. En este momento histórico, callarse y permitir que otros interpreten, deformen o se apropien de nuestras intenciones no es una señal de prudencia. Mucho menos cuando esas versiones son impulsadas por voceros improvisados, interesados o pagados.

Ese silencio le quita seriedad a cualquier proyecto, confunde a la sociedad, distorsiona los objetivos, desgasta a quienes forman parte de él y, sobre todo, expone la debilidad de quien no se anima a sostener públicamente lo que quiere ser, lo que pretende hacer y hacia dónde busca conducir.

Así, la comunicación política se transforma en ruido. Los candidatos se postulan a través de encuestas que los presentan como los más aptos. Algunos dirigentes, por lo bajo y por lo alto, ya reparten cargos, lugares y funciones de un gobierno que todavía no existe. Construyen escenarios, anuncian sucesiones y pretenden convertir deseos personales en decisiones colectivas.

Pero una encuesta no reemplaza la voluntad popular. Una operación comunicacional no constituye un proyecto político. Y la repetición interesada de un nombre tampoco otorga legitimidad.

No todo lo que se instala es verdad. No todo lo que se repite representa el deseo de la mayoría. Y no todo silencio significa aceptación. Sin embargo, cuando quienes tienen responsabilidades políticas no hablan con claridad, dejan un espacio que rápidamente ocupan otros.

En política, comunicar no consiste solamente en decir qué se quiere. También implica señalar con firmeza qué no se acepta, qué límites no se cruzarán y qué intereses no forman parte del proyecto. Porque cuando no se define el rumbo, cualquiera puede intentar hacerlo en nuestro nombre.

Decir no también es conducir. Es preservar una identidad, defender convicciones y evitar que las ambiciones individuales se disfracen de destino colectivo.

A veces, para saber hacia dónde vamos, primero debemos tener el coraje de decir con absoluta claridad hacia dónde no iremos.