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Fraude a los lectores

El análisis político goza de una reputación que otros géneros periodísticos no tienen: se supone que quien analiza sabe más, ordena la realidad y ofrece al lector una interpretación fundada. Ese prestigio se vuelve un problema cuando se lo usa como envoltorio. Abundan los textos que adoptan el tono, el vocabulario y la solemnidad del análisis, pero que no muestran de dónde sale nada de lo que afirman. 

Por: Lic. en Comunicación Social y Periodismo Adrián Pérez

Esta nota viene a examinar esa práctica, no a personas concretas, y la somete a un razonamiento verificable.

El análisis político que presenta como propias las ideas de otros autores, sin nombrarlas ni fundamentarlas, imita la forma del análisis sin cumplir su función. Engaña a la audiencia y debilita al periodismo.

Argumentos

Analizar exige método, no solo tono

Lo que diferencia un análisis de una simple opinión es que muestra de dónde sale lo que sostiene: datos, un marco teórico, casos que lo ilustren. Cuando un texto solo ofrece afirmaciones amplias y frases de apariencia profunda, conserva la forma del género y pierde su contenido. Decir que "la política y la sociedad no siempre hablan de lo mismo" es una observación razonable, pero no un análisis, mientras no se diga quién la formuló, qué evidencia la respalda y qué consecuencias tiene.

Omitir la fuente es, ante todo, un problema ético

La legislación sobre propiedad intelectual protege la expresión concreta de las obras, no las ideas en abstracto. Repetir un concepto de Freire, de Bourdieu o de Wolton no es necesariamente un delito. Pero el periodismo se rige por un estándar más exigente que la ley: atribuir. Presentar un marco conceptual ajeno como si fuera propio engaña al lector sobre el origen del pensamiento, y eso afecta la confianza que sostiene al oficio.

Lo genérico no se puede refutar, y por eso resulta cómodo

Una afirmación vaga no compromete a quien la escribe. Citar, en cambio, expone: quien menciona una brecha entre la agenda pública y la agenda política debe estar preparado para que le pidan la encuesta, el estudio o el caso. El texto sin fuentes evita ese riesgo, y con él evita también la responsabilidad intelectual de lo que dice.

Daña al lector y a los colegas

El lector cree estar frente a un pensamiento original y no puede ir a la fuente para profundizar o discrepar. A la vez, quien investiga, lee y cita compite en desventaja con quien parafrasea sin costo. Se premia la apariencia de profundidad sobre el trabajo real.

La IA no creó el problema: lo abarató

El recorte de columnas ajenas y la paráfrasis de manuales existían mucho antes de las herramientas actuales. Lo que cambió es que hoy producir un texto de apariencia sólida cuesta casi nada y es más difícil de rastrear. Esto describe una tendencia del oficio y no prueba nada sobre ningún caso en particular.

La afirmación o tesis expuesta puede verificarse con un criterio simple, aplicable a cualquier texto de análisis. Se pregunta:

¿Nombra las fuentes, autores o marcos teóricos de los que parte?

¿Aporta datos, ejemplos o casos que respalden sus afirmaciones?

¿Permite al lector distinguir lo que es aporte propio de lo que es idea ajena?

Un texto que responde "no" a las tres preguntas no cumple con el estándar mínimo de un análisis, aunque sus ideas sean correctas y aunque no exista copia textual. Esa es la conclusión que se puede sostener con seguridad.

Lo que no se puede afirmar sin pruebas adicionales es la copia. Para sostener públicamente que alguien copió, hace falta:

Hallar coincidencias literales de frases largas, buscadas entre comillas y con herramientas antiplagio.

* Verificar las fechas de publicación para establecer cuál texto es anterior.

* Distinguir la coincidencia de ideas, que suele ser un lugar común, de la coincidencia de redacción, que sí indica copia.

* Darle al autor la posibilidad de responder antes de publicar.

En conclusión, el remedio no es la sospecha generalizada, sino recuperar un estándar elemental del oficio: quien analiza, cita. Un periodismo que reconoce sus fuentes es más honesto con el lector, más justo con quienes pensaron antes y más exigente consigo mismo. Por ello, quien no cita no está analizando, está ocupando el lugar del análisis haciendo uso de una profesión tan honorable.