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Enfoque: Liliana Dorrego Comunicadora Social – Analista Política


En Formosa vuelve a repetirse una secuencia que ya conocemos. Los ataques contra el gobernador Gildo Insfrán no se limitan a una discusión judicial. Se expresan también a través de ataques mediáticos, campañas sucias, falsas noticias, operaciones políticas y de aquellos supuestos “arrepentidos” que durante años se beneficiaron de un gobierno al que ayer presentaban casi como Jesucristo y hoy pretenden convertir en Satanás.

Nada de esto ocurre de manera aislada. Cuando distintas estrategias y herramientas terminan apuntando en una misma dirección, es necesario no perder el enfoque y preguntarnos qué es realmente lo que está en juego.

A lo largo de su trayectoria, Gildo Insfrán no solo consolidó un liderazgo dentro de Formosa. Ha demostrado también capacidad para construir lazos con otras provincias, interpretar desafíos que las unifican y representar intereses comunes de gobernadores y pueblos del interior. Esa capacidad de articulación le ha permitido ocupar un lugar relevante dentro del Partido Justicialista a nivel nacional, especialmente en momentos en los que el peronismo necesita encontrar puntos de encuentro y recuperar unidad.

Pero hay otro aspecto de su construcción política que no debería ignorarse. En Formosa logró tender puentes incluso con sectores provenientes de un partido centenario como la Unión Cívica Radical, convocando a muchos de sus integrantes a compartir objetivos y propósitos por encima de las pertenencias partidarias.

La premisa fue construir un gobierno inclusivo en el que lo verdaderamente importante sea mejorar la calidad de vida de los formoseños, con una provincia más justa, equilibrada, federal y capaz de generar condiciones de futuro.

Y quizás sean precisamente esas características las que hoy incomodan.

En un contexto nacional en el que se intenta consolidar otra concepción del Estado, de la política y del federalismo, un gobernador con fuerte arraigo territorial, capacidad de articulación y vínculos con otros dirigentes provinciales constituye algo más que una figura política local.

Por eso sería un error reducir lo que sucede a una pelea entre Gildo Insfrán y la Justicia, o entre Gildo Insfrán y sus opositores.

El verdadero debate es mucho más profundo.

Tiene que ver con la vida actual de los formoseños y, fundamentalmente, con lo que puede suceder mañana. Porque si ese liderazgo es desplazado, condicionado o finalmente proscripto, no cambiará solamente el nombre de quien ocupa un cargo: pueden cambiar las condiciones políticas sobre las que se construyó la provincia durante todos estos años.

También debemos observar quiénes impulsan ese cambio y cuáles son los intereses que representan. Hay quienes hoy reclaman terminar con un modelo pero pocas veces explican con claridad qué pondrían en su lugar. Y detrás de algunos discursos sobre renovación, institucionalidad o cambio pueden existir intereses particulares que poco tienen que ver con las necesidades colectivas del pueblo.

Por eso la sociedad tiene que estar despierta y atenta.

No para defender ciegamente a una persona, sino para comprender la dimensión de aquello que se está discutiendo.

Y frente a esto, guardar silencio tampoco es una posición neutral.

Existen silencios que nacen de la sensatez y de la prudencia. Pero existen otros que provienen del miedo, de la conveniencia o de la especulación de quienes prefieren esperar para ver dónde quedan mejor posicionados si todo cambia.

Hoy necesitamos otra cosa.

Necesitamos recordarnos qué está en juego.

No perder el enfoque frente al ruido, las operaciones o las disputas circunstanciales. Mirar quiénes defienden qué intereses, qué proyecto de provincia está detrás de cada posición y cuáles serían las consecuencias concretas para la vida de los formoseños.

Porque lo peor que podemos hacer es permanecer en silencio esperando simplemente a ver qué sucede.

Cuando está en discusión el futuro de una provincia, la indiferencia también tiene consecuencias.